Juro que fue real: aquella era una noche más, volvía del trabajo y caminaba con la cabeza gacha, igual que todos; cuando de repente algo rompió mi ensimismamiento: una burbuja, tímida y brillante. Me quedé tan pasmado mirándola que no reparé en que no era una, ni cien, sino miles de relucientes puntitos que titilaban con la luz, fué en ese momento que me fijé en la gente que ya no caminaba encerrada en su mundo y sus problemas: ahora miraban boquiabiertos, bailaban a un ritmo desconocido para mí y reían como niños sin importarles nada más que el espectáculo que les había regalado la vida. A esa hora, en esa esquina de la ciudad, ni los conflictos, ni el stress, ni siquiera el smog existían: se respiraba alegría pura.. me hubiese quedado horas mirando lo bueno del mundo, pero recordé que debía acostarme para volver temprano a trabajar.
Cada noche paso por esa esquina para ver si las burbujas vuelven, imagino que sólo fue un descuido de una distraída niña contra el viento: siempre le estaré agradecido.
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