Andino



Abandoné la siutiqueria santiaguina y me vine pa'l norte. Acá el clima es agradable, porque hay sol todos los días, pero nunca hace demasiado calor ni demasiado frío. La gente es amable, porque aunque hagas las preguntas más estúpidas o te esfuerces en ser pesado con ellos, siempre te responderán con una sonrisa amable y sincera. La fruta es enorme, la comida es barata y el agua en la playa siempre está tibia. ¿Qué más se puede pedir?
El sol no quema tanto y las distancias son cortitas. La gente está orgullosa de su cultura y herencia aymara, Los hombres son guapos, guapísmos, muy guapos, tremendamente guapos.
Pero no por ser una ciudad chica es menos cosmopolita: Hay chilenos, peruanos, bolivianos, gringos, japoneses, australianos, ecuatorianos, franceses; todos traídos por los múltiples cruceros que llegan casi todos los días.
La zona puede parecer lo suficientente linda, pero no por eso pude evitar alejarme e ir a conocer Los Andes, el origen de nuestros pueblos.
Manejé horas por desiertos y piedras para llegar hasta un lago en el fondo de un volcán nevado, en el ultimo rincón del mundo.
Estar a 5.000 metros sobre el nivel del mar tiene su gracia: No hay ningún alma cerca, sólo eres tú y las maravillosas aves y animales que jamás volverás a ver, compartiendo el paisaje y la hermosura del ser.
Acá la introspección es mucho más clara, porque debido a la altura el oxigeno es menos denso y, aunque des bocanadas de aire, simplemente no puedes meter más oxigeno a tu cuerpo. La sensación es rara, al tener tu sistema respiratorio y circulatorio a un ritmo tan anormal, te abandonas en un estado de extraña lucidez inverosímil, es lo más parecido a estar drogado, con la diferencia es que esta vez el el aire -o mejor dicho la falta de él- lo que te lleva a esa agradable sensación cercana al ahogo.
Estando en este trance, me puse a meditar sobre la existencia, me vi en vidas pasadas luchando con pumas y cazando alpacas para comer. Me vi pleno, satisfecho y feliz con mi vida de guerrero nómade.
De pronto comprendí todo, la montaña me decía lo que nunca había querido comprender: La pachamama existe, nos cuida y protege a todos por igual, es el pasado presente futuro, es el modo de vida que negamos por la modernidad. Pertenecemos a la montaña, ella jamás nos pertenecerá a nosotros. La montaña me dio bendiciones, me regaló coca para calmar mi malestar y me entregó una vertiente para calmar mi sed.

Ese mismo día volví, satisfecho y pleno con mi nuevo estado de conciencia, a la ciudad nortina donde tanto amor he recibido... Las cosas jamás volverán a ser como antes.

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