De la eterna lucha entre los ricos y los pobres

Las venas del cuello me duelen, mi cabeza se abomba, en verdad jamás creí que llegaría hasta aquí.
Sentado en el piso, apoyado contra la pared. Pongo las manos en mi cara, pero un punzante sentido de masoquismo hace que abra bien los ojos a la realidad: Tres hombres están revisando mi casa, la casa donde he vivido toda la vida y que años de horas extra le ha costado a mi madre mantener. 
El jefe es el de traje, "Síndico de quiebras" creo que es el nombre que le ponen. Investiga todo con la mirada, una mirada ausente de sentimiento. Me dice "Perdón joven, sólo cumplo con mi trabajo", pero lo que veo en sus ojos es otra cosa: La deshumanización patente luego de años de práctica de, quizás, el peor trabajo del mundo. Años de escenas de personas desesperadas deben haberle curtido el cuero lo suficiente como para no permitir que ningún sentimiento entre. Se detiene un segundo, como si esperara que me viniera un arranque de ira o negación; yo sólo lo miro desde el piso, con ganas de llorar pero aguantándome, pensando que probablemente hasta las lágrimas me embarguen.
Los otros dos hombres son normales: Para evitar ser absorbidos por los sentimientos de los habitantes de los inmuebles, no me miran nunca y casi no hablan, sólo lo necesario para coordinarse entre sí sobre lo que se llevan o no.
Al cabo de diez minutos han hecho su trabajo, de forma muy ordenada y profesional, casi como un sigilo. 
El hombre de traje me extiende papel y lápiz "Su firma, por favor. Con esto finiquitaremos el asunto". Lo miro y pienso en las consecuencias penales de enterrarle el lápiz en el ojo, hasta dejárselo metido en el cerebro; luego pienso que él también debe tener una familia, que no es una persona mala y sólo lo hace para evitar que le pase lo mismo a él. Recapacito, firmo en silencio y me incorporo, dejándolos a todos en la puerta. Al irse, antes de cerrar la puerta, me dice "Que tenga un buen día", pero lo que podría haber sonado como el peor sarcasmo de todos, es pronunciado con ternura, casi con compasión por el verdugo que se ve obligado a matar para evitar su propia muerte... Lo más próximo a la extremaunción que permite el sistema libremercadista imperante.
Doy vuelta a mirar lo que alguna vez fue mi casa, pero tengo que mirar el piso para poder seguir estoico. La ley impide que se lleven las camas y la cocina, al menos podremos dormir y calentar algo para meterle a la panza.
Voy a la pieza grande, tomo la mano de mi enferma madre postrada en cama, nos miramos sin hablar un momento. Lo suyo no es indignación, es vergüenza. No hay rabia, sólo aceptación. Viajo a través de sus ojos por el tiempo: Veo una niñez dura, una familia de campo y la prohibición de la severa madre para ir al colegio en desmedro de trabajar en el campo, veo el padre alcohólico y la violencia que la obligaron a irse tempranamente de su hogar, las filas buscando trabajo y las horas interminables limpiando casas de personas acomodadas. Veo la esperanza y deseo de su matrimonio, el esposo ausente que terminaría dejándola sola con dos hijos que alimentar. La veo humillándose ante sus patrones por evitar un despido y permitir que sus hijos terminen la escuela. Siento el dolor en su pierna derecha luego de los turnos extras y las dos horas parada en transporte público para llegar a su trabajo, veo como avanza el dolor hasta que le es declarada la imposibiltante enfermedad que la mantendrá en cama por años y la veo con dolor mirando como sus hijos abandonan sus estudios para mantener lo que aún queda del hogar.
Siento la frustración, ira y rabia que la inundan, ya que por mucho esfuerzo, por más intentos durante estos 70 años, al final nunca pudo asegurarles una vida mejor a sus hijos. Toma mi mano y con temblor en su voz, casi en un susurro, escucho lo que parecen ser las palabras más tristes del mundo: "Perdón hijo, perdóname por todo..."
Rompe a llorar y me abraza, casi como una niña que busca la protección que pocas veces en su vida tuvo.
La noche nos encuentra abrazados en el ahora vacío departamento de las afueras de la ciudad, sólo el timbre del departamento de al lado me despierta, miro por el rabillo y veo al mismo hombre con traje y sus dos acompañantes.

Sólo espero que a esa familia les queden suficientes lágrimas para pasar la noche... 

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