Sentado en el café que frecuentábamos, en una fría tarde en el puerto. La lluvia cae e imagino dónde
estás tú, si estás mojado, si tienes
frío o si es que aún piensas en mí cada vez que untas tu medialuna en queso
crema, como nos gustaba hacer.
Recuerdo las tardes de parque y las noches eternas caminando
por el neón de Corrientes, cuando la vida era fácil y tus ojos me decían la
verdad. Recuerdo también ese día en Retiro, cuando me dijiste “Démonos un
tiempo, necesito pensar” y con el mate bajo un brazo y mi autoestima en el
otro, tomaste el tren a Mitre para perderte en un vagón, pensando quizás en
qué.
Esa noche tomé el Subte hasta San Juan, y como si fuera
guión de una película, se subió un flaco tocando la más triste canción con su
violín… Lloré hasta que me bajé en Independencia, necesitaba pensar en qué
concha había hecho mal.
Estoy acá sintiéndome un tonto, porque sé que ya no me
quieres. Crucé la cordillera en vano, otra vez más estoy haciendo el ridículo.
Con el tiempo olvidé tus besos, se me fueron tus anécdotas y
nada queda de esa voz que me reconfortaba ni esas palabras que, con intensa
ternura nos decíamos para tratar de sostener el mundo que se nos derrumbaba alrededor.
Ya no quedan tardes, amaneceres ni noches, se fueron las
maldades, fantasías y complicidades, ya no queda amor, mas siempre desconsuelo.
Afortunadamente… Siempre nos quedará Buenos Aires.

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