612 / Pudahuel - Andes del Sur



Cuatro de la tarde, muerto de calor. Llevo cerca de media hora esperando la micro. Me siento de nuevo en el paradero y, resignado, miro la fauna que se mueve alrededor de este montón de autos, es como si a nadie le importara que el guardia de la farmacia conversa una escolar que coquetamente lame su helado, o que el Yonni y el Nelson se han hecho como 5 lucas este rato limpiando vidrios, es que los tipos no son tontos: van directo a los autos grandes, le hacen fiesta por un rato y al bajar la ventana les estiran el billete, dicen que las viejas cuicas siempre les pagan bien. Por otra parte, el Walter ha vendido uno que otro diario, después de todo, no será tan popular como La Cuarta, pero La Segunda tiene sus fans en todas las esquinas, como ese abuelito de bastón que llegó especialmente para comprar su ejemplar.
A la que le ha ido mal es a la Mónica, nadie le ha querido comprar ni un sólo cargador para el celular en todo este rato, ni siquiera se molestan en decirle que no, simplemente no la toman en cuenta. Lo entretenido es cuando desquita su frustración con el Walter, que solo quiere que su chanchita no se enoje.
Distraído en este microcosmos como estaba, se me pasó la micro, pero el Nelson, en un gesto suicida corre para alcanzar a lavarle el parabrisas a un Land Rover enorme. Simplemente me salvó de otra media hora de espera, corro a la micro y el siempre benevolente chofer amablemente me invita a pasar mientras los pasajeros ríen por el payaso que se subió hace poco, me esperan, a lo menos, 5 kilómetros más de chistes de bajo calibre y risas... creo que nunca me compraré un auto, sino comenzaré a formar parte de esa masa que se entera de la ciudad por las noticias de las 9 pm: “Que ya no se puede vivir tranquilo, que la calle es tan peligrosa, que el transantiago está cada día más malo...”.

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